Una publicación de elarchivoprivado.com · Carlos S. Montero
Expediente XVII · Bloque III · Siglo XX · Rusia

Rasputín

El asesinato que quiso salvar un Imperio y demostró que ya estaba perdido

El Archivo Negro · Crimen político · Siglo XX

Hay asesinatos que pretenden cambiar la historia. Otros solo demuestran que la historia ya estaba perdida. El asesinato de Grigori Yefímovich Rasputín, cometido en Petrogrado en diciembre de 1916, pertenece a esa segunda categoría. Sus conspiradores creyeron que, eliminando al hombre más odiado de la corte rusa, salvarían a la monarquía. Pensaron que Rasputín era el veneno que intoxicaba al zar, a la zarina y al Imperio. Lo mataron con la esperanza de cortar la infección.

Dos meses después, el zarismo se derrumbaba.

La historia tiene esas bromas elegantes. Uno asesina a un supuesto demonio para salvar un trono y descubre que el trono ya tenía las patas podridas. El caso Rasputín no es solo un crimen político. Es una batalla entre expediente, mito y propaganda. Y, como casi siempre, el mito llegó vestido de verdad absoluta.

Ficha del expediente

VíctimaGrigori Yefímovich Rasputín, 1869–1916, 47 años
LugarPalacio Yusúpov, canal Moika, Petrogrado
Fecha30 de diciembre de 1916 (calendario occidental) · 17 de diciembre (calendario juliano)
AsesinosFélix Yusúpov, Vladímir Purishkévich, gran duque Dmitri Pávlovich y otros
Móvil declaradoSalvar la monarquía de la influencia de Rasputín sobre la familia imperial
ConsecuenciaRevolución de Febrero de 1917 · Abdicación de Nicolás II · Caída de los Romanov
Fuente principalMemorias de Yusúpov — relato interesado, discutido por historiadores
El campesino que entró en palacio

Grigori Rasputín nació en 1869 en Pokróvskoye, un pequeño pueblo de Siberia occidental. No era monje ordenado, aunque la cultura popular lo haya llamado muchas veces "el monje loco". Era un campesino religioso, peregrino, místico, curandero y figura imposible de clasificar sin perder algo por el camino. Tenía 47 años cuando lo mataron.

Llegó a San Petersburgo en una Rusia que ya vivía entre grietas: derrota frente a Japón, revolución de 1905, desconfianza hacia el zar, aristocracia dividida, campesinado empobrecido. La International Encyclopedia of the First World War señala que su mirada intensa, sus modales campesinos, sus historias de la Rusia profunda y su aura espiritual llamaron la atención de una alta sociedad necesitada de distracción tras la guerra ruso-japonesa y los levantamientos de 1905.

Ese detalle importa. Rasputín no apareció en una corte sana y racional. Entró en un ambiente que ya buscaba señales, salvadores y atajos místicos. La aristocracia rusa no fue víctima ingenua de un campesino hipnótico. Lo invitó, lo escuchó, lo usó, lo temió y luego fingió escandalizarse por su propia criatura. La hipocresía, ese deporte de salón.

Alexéi, la hemofilia y la puerta de entrada

La influencia de Rasputín sobre la familia imperial se explica sobre todo por una herida íntima: la enfermedad del zarévich Alexéi Nikoláyevich, único hijo varón de Nicolás II y heredero al trono. Alexéi padecía hemofilia, una enfermedad hereditaria que podía convertir cualquier lesión en una amenaza grave. La zarina Alejandra Fiódorovna vivía esa enfermedad con angustia extrema. Y en esa angustia encontró a Rasputín.

Para entender esa relación hay que entender a Alejandra como persona, no solo como canal de acceso de Rasputín al poder. Era nieta de la reina Victoria, profundamente religiosa, criada en la tradición luterana alemana y convertida a la ortodoxia rusa. Llegó a una corte que la rechazaba por su origen alemán —especialmente durante la guerra con Alemania— y que nunca llegó a quererla del todo. Su soledad era real. Su aislamiento, enorme. Y en ese contexto, su creencia en Rasputín no fue debilidad de carácter. Fue consecuencia de una desesperación materna perfectamente comprensible.

La International Encyclopedia of the First World War resume el núcleo emocional del vínculo: lo decisivo fue que Alejandra, profundamente religiosa e inclinada al misticismo, creía que su hijo debía la salud a las oraciones de Rasputín. No necesitamos decidir si Rasputín rezaba, hipnotizaba, calmaba al niño o simplemente aparecía cuando la crisis mejoraba sola. El hecho histórico importante no es el milagro. Es la confianza. Y la confianza de una madre desesperada puede mover más poder que un decreto.

La zarina, el rumor y la corte enferma

Rasputín se convirtió en problema político porque su relación con la familia imperial empezó a verse como una contaminación del poder. La zarina, ya impopular en ciertos sectores rusos, encontró en su cercanía a Rasputín un catalizador de rumores de todo tipo: influencia política, corrupción, nombramientos ministeriales, traición, germanofilia y conspiraciones. Algunas acusaciones eran exageradas o directamente falsas; otras se apoyaban en la percepción real de que Rasputín recomendaba personas e influía en decisiones.

Smithsonian recuerda que Rasputín fue acusado por muchos contemporáneos de ejercer una influencia dañina sobre la familia imperial y que su asesinato fue impulsado por nobles que creían necesario cortar ese poder. El problema no era solo lo que Rasputín hacía. Era lo que parecía hacer. En una monarquía debilitada, la apariencia podía ser mortal. Y en política, la sospecha sostenida a veces pesa casi tanto como el hecho.

Rusia en guerra: el contexto del crimen

En 1916, Rusia estaba agotada. La Primera Guerra Mundial había provocado derrotas, hambre, desorganización, inflación y millones de bajas. Nicolás II había asumido personalmente el mando del ejército en 1915, dejando a Alejandra con mayor presencia en la gestión política desde la capital. Esa decisión vinculó el prestigio del zar a la guerra y dejó el gobierno interior bajo una sombra de rumores palaciegos.

En noviembre de 1916, el diputado monárquico Vladímir Purishkévich denunció en la Duma el llamado "salto ministerial", acusando a Nicolás, Alejandra y Rasputín de reemplazar ministros competentes por figuras inadecuadas. Purishkévich no era revolucionario bolchevique. Era monárquico. Eso hace el dato más importante: la oposición a Rasputín no venía solo de enemigos del régimen. Venía también de quienes querían salvarlo. La conspiración nació de ese razonamiento. Una mezcla de patriotismo, arrogancia de clase y homicidio. Ingredientes clásicos de la alta política cuando decide mancharse las manos por el bien común.

Los conspiradores: asesinos que se veían salvadores

El núcleo del complot lo formaron hombres de la élite rusa. Félix Yusúpov, príncipe riquísimo y casado con Irina Aleksándrovna, sobrina del zar. Dmitri Pávlovich, gran duque y primo de Nicolás II. Vladímir Purishkévich, diputado monárquico ultraconservador. A ellos se sumaron otros colaboradores, entre ellos el médico Stanislaus de Lazovert y el oficial Serguéi Sukhotin.

No eran revolucionarios que quisieran destruir la monarquía. Querían salvarla. Ese es uno de los puntos más interesantes del caso. Mataron al favorito espiritual de la zarina para impedir la revolución. Y fracasaron. Porque Rasputín no era la causa profunda de la crisis rusa. Era un símbolo. Rusia no estaba al borde del colapso por culpa de un solo hombre barbudo. Estaba quebrándose por guerra, hambre, incompetencia política, represión, desigualdad y siglos de tensión acumulada. Matar a Rasputín era como romper un espejo porque no gusta la cara que devuelve. Muy humano. Muy inútil.

La noche en el palacio Moika

La noche del asesinato, Rasputín acudió al palacio de Yusúpov en la calle Moika, atraído con el pretexto de conocer a la princesa Irina. Ella, en realidad, no estaba allí. El estudio forense publicado en Forensic Science, Medicine and Pathology subraya que lo que puede afirmarse con claridad es que Rasputín aceptó esa invitación y que murió allí a manos de Yusúpov y sus conspiradores.

El mismo estudio advierte algo fundamental: la narración tradicional de su muerte depende en gran parte de las memorias publicadas por el propio Yusúpov. Esa advertencia debe guiar todo el artículo. Yusúpov no fue un testigo neutral. Fue asesino, aristócrata, superviviente del derrumbe imperial y narrador de su propia leyenda. Sus memorias crearon una escena inolvidable: pasteles y vino envenenados, Rasputín resistiendo el cianuro, disparos, resurrección aparente, persecución, más disparos y cuerpo arrojado al río helado. Es una historia magnífica. Tan magnífica que conviene desconfiar.

El veneno que quizá nunca hizo efecto

Según la versión clásica, los conspiradores ofrecieron a Rasputín pasteles y vino de Madeira mezclados con cianuro. Rasputín comió y bebió sin morir. Esta escena ha alimentado durante más de un siglo la imagen de Rasputín como criatura casi sobrenatural, resistente al veneno, imposible de matar. El problema es que esa versión depende sobre todo de relatos posteriores de los implicados.

El estudio forense reciente explica que la narrativa popular habla de cianuro, disparos, golpes y ahogamiento, pero que esa secuencia procede en gran parte de las memorias de Yusúpov y debe evaluarse críticamente. Quizá hubo veneno y no actuó por dosis o preparación. Quizá no hubo veneno. Quizá los conspiradores exageraron la resistencia de Rasputín para agrandar la escena y justificar su pánico. El resultado fue perfecto para el mito: un hombre tan peligroso que ni el cianuro podía con él. La propaganda aristocrática también sabe hacer monstruos cuando necesita presumir de haberlos vencido.

El relato del crimen puede ser parte del crimen posterior contra la verdad. No basta con estudiar quién murió. Hay que estudiar quién contó la muerte y para qué.
Disparos, patio y río

Después del supuesto fracaso del veneno, Yusúpov habría disparado a Rasputín. La versión más famosa sostiene que Rasputín cayó, fue dado por muerto, volvió a moverse, intentó huir por el patio y recibió más disparos de Purishkévich. Finalmente, los conspiradores envolvieron el cuerpo y lo arrojaron a un canal helado.

El estudio forense señala que existen dudas sobre elementos centrales de este relato, incluida la idea de que Rasputín muriera ahogado tras ser arrojado al agua. La revisión insiste en separar lo que se sabe con seguridad de lo que procede de memorias y reconstrucciones posteriores. Lo que puede decirse con honestidad: Rasputín fue asesinado en el palacio Moika por un grupo de conspiradores monárquicos. La versión clásica incluye veneno, varios disparos y el arrojo del cuerpo al agua. Pero los detalles exactos de su agonía están discutidos y muy contaminados por relatos interesados. Ya hay bastantes webs vendiendo leyenda como si fuera autopsia.

¿Hubo mano británica?

Una de las teorías más persistentes sostiene que los servicios de inteligencia británicos pudieron estar implicados en la muerte de Rasputín. El razonamiento político es claro: si Rasputín influía para sacar a Rusia de la guerra o empujar una paz separada con Alemania, el Reino Unido tenía interés en eliminarlo. La hipótesis apunta concretamente al oficial del MI6 Oswald Rayner, que mantenía amistad previa con Yusúpov desde sus años juntos en Oxford.

La hipótesis es atractiva. Demasiado atractiva. Y por eso hay que manejarla con prudencia. Russia Beyond resume esa teoría vinculándola a autores que han sugerido la posible participación británica, pero el consenso histórico no la considera probada de forma concluyente. La fórmula correcta es: se ha especulado con una posible participación británica en la persona de Oswald Rayner, pero no hay pruebas concluyentes. El caso ya es suficientemente oscuro sin meterle una agencia extranjera por obligación.

La profecía: literatura o documento

Otro elemento famoso es la supuesta profecía de Rasputín: si moría a manos de campesinos, el zar seguiría reinando; si moría a manos de nobles, la familia imperial caería. Esta historia encaja tan bien con lo que ocurrió después que parece escrita desde el futuro. Eso ya debería ponernos en guardia.

La profecía funciona como pieza literaria perfecta: el santo oscuro advierte al zar, los nobles lo matan, los Romanov caen. Redondo, elegante, demasiado cómodo. En el artículo puede mencionarse como parte de la leyenda posterior, no como documento histórico firme. Rasputín no necesita profecía para ser importante. Su muerte quedó a dos meses de la Revolución de Febrero de 1917. Esa cercanía basta para que el caso parezca cargado de destino sin añadir ningún adorno.

Alejandra y el derrumbe

El cadáver de Rasputín fue recuperado poco después. Su muerte provocó una conmoción enorme en la corte. Para Alejandra, fue una pérdida devastadora. Para muchos enemigos de Rasputín, una liberación. Para el régimen, en realidad, una señal más de que la autoridad imperial estaba tan debilitada que incluso sus propios defensores resolvían los problemas con asesinatos palaciegos.

Nicolás II castigó a los implicados de forma limitada. Yusúpov fue enviado al exilio interno en una de sus propiedades. Dmitri Pávlovich fue enviado al frente persa, lo que paradójicamente le salvó de morir durante la revolución. La respuesta mostró prudencia familiar, pero también debilidad política. El régimen no podía castigar con dureza a miembros de su propia élite. Tampoco podía ignorar que habían asesinado a un hombre cercano a la zarina. Quedó atrapado entre vergüenza, sangre y parentesco. Una maravilla administrativa, como siempre que una corte intenta barrer cadáveres debajo de una alfombra bordada.

Rasputín como chivo expiatorio

La nobleza rusa convirtió a Rasputín en chivo expiatorio de problemas que la superaban. Era más fácil culpar a un intruso siberiano que admitir la bancarrota moral y política del sistema. Más fácil decir "él corrompió a la zarina" que reconocer el aislamiento de la corte. Más fácil ver a Rasputín como demonio que ver a Rusia como un país hundido en guerra y desigualdad.

Esto no absuelve a Rasputín. No era un santo transparente perseguido por aristócratas malvados. Era una figura turbia, poderosa por caminos informales, rodeada de rumores y enemistades reales. Pero el odio contra él cumplía una función cómoda: concentraba en un solo cuerpo lo que era una crisis colectiva. Por eso su asesinato fue tan inútil. Mataron al símbolo. La enfermedad siguió.

La leyenda del hombre imposible de matar

Rasputín pasó a la cultura popular como el hombre que no moría: envenenado, disparado, golpeado, ahogado. Esa imagen es poderosa porque convierte su muerte en confirmación de su mito. Pero esa lógica es tramposa. A menudo los asesinos exageran la fuerza de la víctima para engrandecer su propio acto. Yusúpov tenía todos los motivos para presentar el asesinato como hazaña difícil, casi heroica. No era lo mismo decir "matamos a un hombre indefenso en un sótano" que decir "nos enfrentamos a una criatura diabólica que resistía veneno y balas". La segunda versión queda mejor en memorias.

Yusúpov vivió hasta 1967. Pasó cincuenta años contando la misma historia: el veneno, las balas, la resurrección, el cuerpo en el río. Medio siglo de relato, ajustado y pulido con cada entrevista. El asesino sobrevivió al Imperio, a la revolución, a dos guerras mundiales y a casi todo el siglo XX, y en todo ese tiempo nunca dejó de ser el hombre que mató a Rasputín. Eso también es parte del caso: la persistencia del narrador frente a la imposibilidad de que la víctima cuente su versión.

Matar al símbolo no salva al sistema

Grigori Rasputín murió en el palacio Moika en diciembre de 1916. Sus asesinos creían que habían eliminado al hombre que desacreditaba a la monarquía. Creían que el Imperio ruso todavía podía salvarse con una operación quirúrgica: cortar al místico, limpiar la corte, restaurar el respeto.

Se equivocaron. Rasputín no era la causa única del derrumbe. Era el rostro más visible de una crisis más profunda. La guerra, el hambre, la incompetencia política, el desprestigio de la monarquía y la fractura social no desaparecieron con su cadáver. Al contrario: su asesinato mostró que incluso la élite imperial había perdido la fe en los cauces normales del poder. Mataron a Rasputín para salvar un imperio. Lo que hicieron fue añadir una escena final al expediente de su agonía.

Rasputín no destruyó el Imperio ruso. Reveló hasta qué punto el Imperio ya estaba destruido por dentro.

El hombre murió.

El mito creció.

Y el Imperio, apenas dos meses después, empezó a caer.