En una Galicia de caminos duros, aldeas dispersas y noches donde la superstición tenía más autoridad que muchas instituciones, empezó a crecer una historia que parecía imposible: un hombre pequeño, vendedor ambulante, que convencía a mujeres humildes para que abandonaran sus casas, desaparecía con ellas por los caminos y luego regresaba solo.
Decía traer noticias. Decía saber dónde estaban. Decía que habían encontrado trabajo. Decía muchas cosas.
Demasiadas.
Ficha del expediente
Su nombre era Manuel Blanco Romasanta, aunque la historia lo recuerda con otro: el Hombre Lobo de Allariz. El apodo parece sacado de una leyenda popular, de esas que se cuentan junto al fuego para que los niños no se alejen del pueblo. Pero lo inquietante del caso Romasanta no está en el mito. Está precisamente en lo contrario: en que bajo la piel del lobishome había un expediente judicial, declaraciones, víctimas reales y una justicia decimonónica intentando decidir si tenía delante a un asesino, a un enfermo o a una criatura imposible.
Romasanta nació en Galicia a comienzos del siglo XIX, en un mundo rural donde la pobreza no era una circunstancia sino casi una estación del año. Trabajó como tejedor y vendedor ambulante. Esa condición fue clave: le permitía moverse, conocer caminos, entrar y salir de aldeas, hablar con unos y otros, desaparecer sin que su ausencia resultara extraña.
No era el monstruo físico que uno esperaría si se dejara llevar por el apodo. Las crónicas lo describen como un hombre de baja estatura —poco más de un metro treinta— y apariencia poco amenazante. Y ahí está una de las claves del caso: no necesitaba imponerse por la fuerza desde el principio. Le bastaba con convencer.
Sus víctimas fueron sobre todo mujeres y niños de entornos vulnerables. Romasanta se ganaba su confianza con promesas de trabajo, viajes y mejores oportunidades. Ofrecía llevarlas a servir en casas acomodadas. Aparecía como protector, como intermediario, como correo de buenas noticias.
La mecánica que se le atribuyó tenía una frialdad escalofriante. Primero se acercaba. Después convencía. Luego acompañaba a la víctima por caminos apartados. Y finalmente, la persona desaparecía.
Lo terrible es que, durante un tiempo, la desaparición no siempre se leía como crimen. En la Galicia pobre del siglo XIX, la gente se marchaba. Había criados, jornaleros, mujeres que buscaban colocación, familias que se movían por necesidad. La ausencia podía confundirse con destino. Y esa confusión, en un país sin comunicaciones rápidas, sin policía científica y sin la maquinaria moderna de investigación, era un escondite perfecto.
Después llegaron las sospechas. Demasiadas personas habían desaparecido cerca de Romasanta. Demasiadas explicaciones salían de su boca. Demasiados caminos terminaban en él.
Fue detenido en 1852 en Nombela, provincia de Toledo, donde trabajaba bajo una identidad falsa. El proceso judicial, conservado en el Archivo Histórico del Reino de Galicia, ocupa más de dos mil páginas manuscritas. La primera línea del expediente todavía hiela la sangre: «Va de oficio la causa contra el hombre lobo Manuel Blanco, por varios asesinatos.»
La historia ya tenía todos los ingredientes para devorar a la opinión pública: un vendedor ambulante, mujeres desaparecidas, grasa humana supuestamente vendida como unto en los mercados, aldeas atemorizadas y un acusado que, cuando empezó a hablar, no ofreció una defensa normal.
Ofreció un monstruo.
Romasanta afirmó que sufría una maldición. Según su versión, se transformaba en lobo durante tres noches seguidas y, bajo esa forma, atacaba y devoraba a sus víctimas. La palabra que sobrevolaba el proceso era licantropía.
Hoy podemos leer esa defensa de varias maneras. Como superstición. Como estrategia. Como delirio. Como una forma desesperada de desplazar la responsabilidad hacia una fuerza exterior. O como una mezcla de todo lo anterior, porque la condición humana tiene esa costumbre tan miserable de no venir ordenada por apartados.
En pleno siglo XIX, sin embargo, la idea no era solo folclore. La licantropía clínica —la condición en que una persona cree de forma sincera transformarse en animal— empezaba a ser estudiada como fenómeno médico. El debate judicial quedó atrapado entre dos mundos: ¿y si el acusado creía realmente transformarse? ¿Y si actuaba bajo una alteración mental grave? ¿Y si no era plenamente responsable de sus actos? ¿Y si todo era teatro?
La prensa captó enseguida el filón. El caso pasó de la prensa local al interés nacional con el lenguaje propio de las causas célebres: asesino, lobishome, sacaúntos, sacamantecas. La realidad judicial avanzaba por un lado; el mito, por otro. Como suele pasar, el mito corría más.
El caso Romasanta llegó a los tribunales con una pregunta de fondo incómoda: ¿cómo juzgar a un hombre que decía haber matado convertido en animal?
La justicia no aceptó sin más la explicación sobrenatural. Los magistrados se movieron entre la responsabilidad penal, las confesiones, los indicios materiales y un debate médico-legal que no tenía precedentes claros en el derecho español de la época. España estaba pasando de la superstición rural al expediente judicial moderno, de la leyenda oral a la prensa de masas, del miedo al lobo al miedo al asesino humano. Y como suele ocurrir con todos los cambios de era, el tránsito no fue limpio. Fue embarrado, contradictorio y lleno de ruido.
Primero llegó la condena a muerte. Después, el proceso cambió de rumbo de una forma que pocos habrían imaginado.
Un hipnólogo francés conocido como monsieur Philips, escribiendo desde Argel, intervino en el caso defendiendo que Romasanta no era un asesino común sino un sujeto que debía ser estudiado científicamente. La petición llegó a oídos de la Corona. Y la reina Isabel II, en un giro que parece inventado por un novelista con fiebre, conmutó la pena de muerte por cadena perpetua.
Un asesino que dice ser lobo. Un hipnólogo francés escribiendo desde el norte de África. Una reina interviniendo en el destino del condenado. Una justicia que no sabe si tiene delante a un monstruo, a un enfermo o a un farsante. No hacía falta inventarlo. El siglo XIX ya venía así de fábrica.
La pregunta sigue abierta porque el caso permite varias lecturas.
Una posibilidad es la del asesino plenamente consciente. Romasanta habría usado la historia del lobo como una coartada culturalmente eficaz. En una sociedad donde la creencia en maldiciones, lobishomes y fuerzas oscuras seguía viva, presentarse como víctima de una transformación podía sembrar dudas, desplazar la culpa y convertir el crimen en fatalidad.
Otra posibilidad es la de una alteración mental real. Algunos estudios posteriores han relacionado su caso con la licantropía clínica, una condición documentada en la que la persona cree genuinamente transformarse en animal. Bajo esa lectura, Romasanta no sería un manipulador calculador sino alguien atrapado en un delirio que la medicina de su época no sabía cómo nombrar.
Pero existe una tercera lectura, quizá la más incómoda: pudo ser ambas cosas a la vez. Un hombre capaz de matar y también capaz de envolverse en una explicación delirante o teatral. La mente criminal rara vez entrega sus llaves en una bandeja. Más bien las tira a un pozo y luego nos cobra entrada para mirar dentro.
Conviene detenerse aquí. Porque todo caso famoso corre el riesgo de comerse a sus víctimas. Y en el caso Romasanta, además, el mito del hombre lobo es tan potente que puede convertir el dolor real en decorado gótico.
Las víctimas no fueron figuras secundarias de una leyenda. Fueron mujeres y niños de entornos pobres, personas con poca protección social y menos voz pública. Esa vulnerabilidad no fue accidental. Romasanta no aparece como un depredador que atacaba al azar. Aparece como alguien que entendió muy bien dónde mirar: allí donde la desaparición podía explicarse tarde, mal o nunca.
La historia del Hombre Lobo de Allariz no da miedo porque un hombre dijera convertirse en lobo.
Da miedo porque tal vez no necesitaba convertirse en nada.
Romasanta pertenece a un momento decisivo de la crónica criminal. La prensa del XIX descubrió que el crimen vendía. Los lectores querían detalles, nombres, monstruos y explicaciones. Querían horror, pero también orden. Querían asomarse al abismo con la tranquilidad de cerrar el periódico después. Una costumbre muy humana: mirar la sangre ajena mientras el café sigue caliente.
El caso lo ofrecía todo. Misterio rural, proceso judicial, confesión, medicina, religión, reina, hipnosis, muerte conmutada y un apodo inolvidable. Por eso sobrevivió. No solo en archivos, sino en libros, películas, documentales y memoria popular.
Pero más allá del espectáculo, el caso Romasanta habla de cosas que siguen vivas. Habla de cómo una sociedad explica lo incomprensible con las herramientas que tiene a mano. Habla de cómo los predadores aprovechan la confianza, la pobreza y la invisibilidad de sus víctimas. Habla de los límites borrosos entre responsabilidad penal, enfermedad mental y manipulación. Y habla, sobre todo, de nuestra necesidad permanente de ponerle rostro al mal.
En el siglo XIX, ese rostro fue el de un lobo. Hoy usaríamos otros nombres, otros diagnósticos, otros titulares. Pero la inquietud sería exactamente la misma.
Romasanta murió en prisión, aunque incluso su final ha estado rodeado de versiones contradictorias. Algunas fuentes sitúan su muerte en la cárcel de Ceuta, consumido por una enfermedad vulgar, después de que la pena capital fuera conmutada. Como cierre narrativo, no está mal: el hombre que dijo ser lobo terminó no ante una bala de plata ni ante una partida de aldeanos con antorchas, sino ante algo mucho más prosaico. La realidad tiene esas ironías. No siempre son elegantes, pero suelen ser eficaces.
A un lado de su historia está la aldea, el miedo ancestral, las maldiciones y los caminos oscuros. Al otro, el juzgado, la prensa, la medicina legal y el Estado intentando imponer una explicación racional. En medio estaba Manuel Blanco Romasanta.
Quizá mintió. Quizá deliró. Quizá entendió mejor que nadie que, en una tierra llena de lobos imaginarios, el mejor escondite para un asesino era convertirse en uno de ellos.
Pero lo verdaderamente terrible del caso no es la posibilidad de que un hombre se creyera lobo.
Lo terrible es que, durante demasiado tiempo, otros creyeron que era solo eso.