Francia, 1915. Europa se destruía en las trincheras. Millones de hombres habían desaparecido en el frente. Las cartas tardaban. Los expedientes militares se acumulaban. Y en esa Francia donde la ausencia se había vuelto costumbre, un hombre pequeño, calvo, de barba cuidada y modales correctos recortaba anuncios matrimoniales, escribía cartas con nombres prestados y anotaba en una libreta pequeña los gastos de sus citas. Su nombre era Henri Désiré Landru. Y su método era, en lo esencial, la esperanza convertida en trampa.
Landru fue juzgado en Versailles entre el 7 y el 30 de noviembre de 1921 y condenado a muerte por once asesinatos: diez mujeres y el hijo adolescente de una de ellas. Nunca confesó. Y esa negativa, mantenida hasta la guillotina, hizo el caso todavía más inquietante. Porque Landru no fue atrapado junto a un cadáver. Fue atrapado junto a una suma de ausencias. El Barba Azul era el apodo. El expediente era otra cosa.
Ficha del expediente
Para entender a Landru hay que entender la Francia de la Primera Guerra Mundial. Entre 1914 y 1918, el país vivió una devastación humana sin precedentes modernos. Los hombres se iban al frente y no siempre volvían. Las cartas tardaban, los rumores crecían, los silencios se instalaban en las casas. Y las mujeres sostenían lo que quedaba: trabajos, hijos, deudas, duelos inciertos.
Landru no actuó al margen de ese contexto. Actuó dentro de él con una precisión repugnante. Sus víctimas no eran desconocidas elegidas al azar. Eran mujeres contactadas, seducidas, convencidas. Él se presentaba como viudo respetable, comerciante solvente, futuro marido fiable. Usaba anuncios personales y agencias matrimoniales. Adoptaba alias. Prometía una vida ordenada. Y una vez que ganaba confianza, las mujeres desaparecían.
El cuchillo mata una vez. La mentira empieza antes y trabaja más despacio. Landru explotaba la esperanza. No entraba por la fuerza. Entraba por la necesidad de creer. Y eso lo vuelve especialmente desagradable.
Landru nació en París en 1869. Antes de convertirse en el Barba Azul de Gambais fue un delincuente de fraude, identidades falsas y negocios turbios. Ese dato es fundamental. Como ocurre con H. H. Holmes, el asesinato no aparece separado de la estafa. Es una prolongación de ella.
Landru era metódico hasta el extremo. Tenía libretas, apuntes, cuentas, direcciones, horarios, gastos, ingresos. El Museo del Barreau de París destaca la importancia de su carnet, descrito como un verdadero anuario de contable meticuloso, con notas y fechas que se convirtieron en piezas esenciales del proceso.
Ese cuaderno es el corazón simbólico del caso. Otros asesinos dejan sangre. Landru dejó contabilidad. Nombres, iniciales, viajes, compras, gastos, muebles vendidos, fechas de encuentro. Su crimen no tenía la forma de un arrebato. Tenía la forma de una administración. La banalidad del mal, pero con libreta pequeña y letra ordenada.
Landru no solo robaba a sus víctimas. Las absorbía en un sistema. Las convertía en entrada de agenda, en cita, en trayecto, en ingreso, en mueble vendido.
La libreta negra de Landru fue la pieza que más peso tuvo en el juicio. En ella había anotado los nombres de las mujeres con quienes había estado, los trayectos en tren, los gastos asociados a cada relación. Era, en esencia, el registro de una empresa.
Para varias de las víctimas, el registro mostraba algo que el fiscal supo usar con precisión devastadora: Landru había comprado billetes de ida y vuelta a Gambais. Pero solo uno de vuelta. El suyo. El de la mujer que lo acompañaba no aparecía en el registro de regreso. Ella simplemente no volvía en tren.
No hay confesión más clara que un billete sin usar. La libreta que Landru llevaba para administrar sus crímenes se convirtió en la prueba que la acusación necesitaba para construir una verdad sin cuerpos.
Landru usó más de noventa nombres falsos. La prensa lo llamó "el hombre de los noventa seudónimos". Un alias era su primera arma: le permitía prometer sin cargar con el pasado, cambiar de identidad era cambiar de deuda, de historia, de responsabilidad.
Para las mujeres que respondían a sus anuncios, Landru podía ser un viudo serio, un comerciante solvente, un hombre maduro en busca de hogar. Para la policía, después, era una maraña de firmas, alquileres, documentos y testimonios.
Esa es una de las razones por las que el caso resulta tan moderno. Landru entendió que la identidad podía ser una herramienta criminal. No mataba solo con sus manos. Mataba con papeles, nombres, contratos, billetes de tren y promesas. El siglo XX no había hecho más que empezar y ya venía perfectamente equipado para la impostura.
La primera fue Jeanne Cuchet, de cuarenta y dos años. Viuda, llevaba tiempo en relación con Landru cuando desapareció en enero de 1915 en Vernouillet. Con ella desapareció su hijo André, de diecisiete años. André es el undécimo muerto de la condena, el joven adolescente que los resúmenes del caso mencionan de pasada y que merece ser nombrado: no era un adulto, era un muchacho que estaba con su madre.
Célestine Buisson desapareció en agosto de 1917 en Gambais. Tenía cincuenta y dos años. Marie-Angélique Guillin, de cincuenta y cinco, desapareció en agosto de 1915. Anna Collomb, cuarenta y cuatro años, en diciembre de 1916. Louise Jaume, treinta y seis años, en noviembre de 1917. Las fuentes documentadas recogen sus nombres. Ponerlos aquí no es trámite. Es lo mínimo.
No eran "las prometidas de Landru" como si fueran comparsas románticas de su leyenda. Eran mujeres concretas, algunas viudas, algunas con hijos, algunas con modestos ahorros, algunas buscando una segunda vida en un país roto por la guerra. Responder a un anuncio matrimonial en aquella Francia no era necesariamente frivolidad. Podía ser una forma de supervivencia emocional, económica o social.
Landru las convirtió en presas. La prensa, después, muchas veces las convirtió en lista. Nosotros no deberíamos hacer ni una cosa ni la otra.
Las desapariciones vinculadas a Landru se concentraron especialmente en dos lugares: Vernouillet y Gambais, localidades próximas a París. En Gambais alquiló una villa que la prensa convirtió en escenario central del caso.
La casa de Gambais —conocida como villa Tric— se volvió el equivalente francés del escenario criminal: la vivienda apartada, la chimenea, la cocina, el jardín, los olores que los vecinos notaban. Aquí, como en Road Hill House, como en el Granero Rojo, como en el edificio de Holmes, el espacio se convirtió en personaje. La arquitectura siempre encuentra forma de colaborar con el mito.
La Biblioteca Nacional de Francia conserva fotografías de prensa de las perquisiciones de abril de 1919 en la villa de Gambais y en el domicilio de Landru en la rue Rochechouart de París. También conserva imágenes del juicio de 1921 donde se mostraron piezas de convicción, incluida la cocina asociada a los restos hallados.
Pero el centro no es la villa. El centro son las mujeres que entraron en la órbita de Landru y no regresaron. La casa importa como prueba. No como protagonista.
Uno de los aspectos más inquietantes del caso es que no se encontraron cuerpos completos. Se hallaron restos humanos calcinados, fragmentos, indicios suficientes para construir una acusación, pero no cadáveres reconocibles en sentido clásico.
Esto dio a Landru una línea de defensa constante: negarlo todo. Admitía fraudes, robos, engaños. Pero no las muertes. Landru reconoció haber robado y estafado a sus víctimas presuntas, pero siempre negó haberlas matado.
Esa estrategia tenía una lógica técnica. Sin cuerpos enteros, sin testigos directos del momento de la muerte, sin confesión, el juicio tuvo que apoyarse en indicios acumulados: mujeres que desaparecían tras contactar con él, viajes documentados en su libreta, pertenencias vendidas, documentos falsos, restos calcinados. El caso Landru es, en buena medida, un juicio a una cadena de ausencias. Cada eslabón aislado podía discutirse. Todos juntos formaban una figura muy difícil de ignorar.
El proceso comenzó en Versailles el 7 de noviembre de 1921 y terminó el 30. La expectación fue enorme. El juicio no fue solo una causa penal. Fue un espectáculo nacional. Había periodistas, caricaturistas, escritores, curiosos, celebridades. El tren que llevaba cada mañana de París a magistrados, policías, testigos y periodistas fue conocido popularmente como el "train Landru".
La prensa encontró un personaje perfecto: un acusado frío, irónico, meticuloso, aparentemente imperturbable. La Biblioteca Nacional de Francia conserva fotografías del público y de periodistas en la sala de audiencias, así como imágenes de Landru respondiendo a preguntas, consultando notas y rodeado de piezas de convicción.
Hubo una escena que resumió el caso mejor que ningún alegato. Cuando el fiscal le preguntó qué había hecho con las mujeres desaparecidas, Landru sacó su libreta, la consultó con calma y respondió que no tenía nada que declarar sobre ese asunto. El acusado de once asesinatos consultando su agenda como si buscara una cita de negocios. Si hay una imagen que captura a Landru, es esa: el criminal de oficina mirando sus apuntes mientras el país lo mira a él.
El abogado defensor Vincent de Moro Giafferri —ya famoso por otros grandes procesos— intentó desmontar la acusación insistiendo en la falta de cuerpos completos y de prueba directa del asesinato. Desde el punto de vista técnico era una línea razonable. En un juicio penal no basta con que un acusado sea repugnante. Hay que probar.
La defensa trató de convertir las ausencias en dudas. La acusación trató de convertirlas en certeza. Landru obliga a pensar cómo se juzga una serie de crímenes cuando el criminal ha hecho precisamente de la eliminación de cuerpos su método principal. La justicia tuvo que mirar papeles, objetos, trayectos, hornos, restos mínimos, nombres falsos y billetes de tren sin vuelta. No perseguía una escena del crimen. Perseguía una administración de la muerte.
Landru fue declarado culpable y condenado a muerte el 30 de noviembre de 1921. Fue guillotinado el 25 de febrero de 1922 en la prisión Saint-Pierre de Versailles. Hasta el final mantuvo una actitud desafiante y ambigua. Nunca confesó de forma clara los asesinatos por los que fue ejecutado. Negó hasta el final. Y precisamente por eso su figura siguió creciendo después de muerto. La confesión cierra. La negación prolonga. Landru murió, pero dejó una puerta entreabierta para el mito.
El apodo Barba Azul de Gambais fue una genialidad periodística y una trampa interpretativa. Genialidad porque resumía el caso en una imagen reconocible: el hombre que seduce mujeres y las hace desaparecer. Trampa porque convertía un expediente moderno en cuento antiguo.
Landru no vivía en un castillo sino en una Francia administrativa, ferroviaria, postal y publicitaria. No encerraba esposas en una habitación prohibida de leyenda: contactaba mujeres por anuncios, las llevaba en tren, registraba gastos y vendía pertenencias. El cuento ayudaba a vender. Pero el expediente decía algo más moderno y más frío: el crimen había aprendido a utilizar los instrumentos ordinarios de la vida contemporánea. Anuncios. Cartas. Trenes. Alquileres. Libretas. Muebles. Recibos. Landru no fue una reliquia medieval. Fue un criminal del siglo XX naciente.
Una lectura justa del caso debe volver siempre a las víctimas y a su contexto. Las mujeres que cayeron en la red de Landru no eran ingenuas de cuento. Eran mujeres viviendo en una sociedad atravesada por la guerra, la soledad y la incertidumbre económica. Buscar matrimonio, protección, compañía o estabilidad no era ridículo. Era humano.
Landru convirtió esa humanidad en debilidad explotable. Aquí hay que evitar el tono culpabilizador. Nada de "cómo pudieron creerle". Esa pregunta suele ser cobarde. La pregunta correcta es: qué tipo de mundo hacía que un hombre como Landru pudiera parecer una salida razonable. La respuesta incluye guerra, viudedad, precariedad, género, reputación, dependencia económica y soledad.
Landru mató mujeres. Pero antes las leyó. Leyó sus necesidades. Y esa lectura fue parte del crimen.
La digitalización del expediente Landru por los archivos departamentales de Yvelines recoge unos 17.000 documentos vinculados a la causa judicial y policial. Eso recuerda algo importante: bajo el mito hay archivo. Y el archivo es menos vistoso pero más serio.
El mito quiere al Barba Azul: barba, villa, horno, frases, guillotina. El archivo quiere nombres, fechas, cartas, informes, testimonios, recibos, actas, fotografías y contradicciones. Para El Archivo Negro, este caso existe en esa frontera: no negar la fuerza del mito, porque existe y forma parte del caso; pero tampoco dejarnos arrastrar por él. La tarea es mostrar cómo se construyó y qué oculta.
El mito hace famoso a Landru. El archivo devuelve peso a las mujeres desaparecidas. Jeanne Cuchet, cuarenta y dos años. André Cuchet, diecisiete años. Marie-Angélique Guillin, cincuenta y cinco. Célestine Buisson, cincuenta y dos. Anna Collomb, cuarenta y cuatro. Louise Jaume, treinta y seis. Seis de once. Con nombre propio. Porque la lista no es un trámite.
Landru sigue importando porque habla de asuntos que no han envejecido. Habla de depredadores que usan la soledad como puerta de entrada. Habla de identidades falsas y seducción calculada. Habla de mujeres vulnerables en una sociedad que las juzga antes de protegerlas. Habla de prensa que convierte un juicio en teatro. Habla de cómo una guerra puede crear zonas de sombra donde desaparecer resulta más fácil. Habla de una justicia que tuvo que condenar sin cuerpos completos, basándose en una acumulación de indicios.
También habla de una pregunta incómoda: por qué algunos criminales fascinan tanto. Landru no debería resultar encantador. Y sin embargo su ironía, su meticulosidad, su negativa y su apodo lo convirtieron en personaje. Esa transformación es peligrosa. El criminal carismático tiende a ocupar el centro del escenario. Las víctimas quedan alrededor, como si hubieran sido convocadas para explicar su grandeza. No. Ese error hay que esquivarlo.
Landru no fue grande. Fue eficaz. Y esa diferencia importa.
El Barba Azul era el cuento. Landru fue el expediente. Y el expediente, como suele ocurrir, da más miedo.