Barcelona, febrero de 1912. La ciudad crecía, comerciaba, presumía de modernidad y levantaba fachadas hermosas mientras, a pocos pasos, demasiadas personas vivían hacinadas, enfermas, hambrientas o invisibles. En esa Barcelona partida en dos, la desaparición de una niña encendió algo más que una investigación policial. Encendió una leyenda.
La niña se llamaba Teresita Guitart Congost. Tenía cinco años. La tarde del 10 de febrero, su madre se detuvo un instante a hablar con una vecina en la puerta de su casa, en la calle de San Vicente, y le soltó la mano pensando que subiría sola las escaleras. Cuando llegó arriba, su marido le preguntó: "¿Y la nena?" No había nena. Había desaparecido en cuestión de segundos.
Ficha del expediente
La Barcelona de principios del siglo XX era una ciudad en transformación. Había industria, dinero, burguesía, modernismo, cafés, fábricas, política, anarquismo y una desigualdad feroz. La ciudad podía mirar hacia Europa con una mano y esconder su miseria con la otra. Apenas tres años antes, en 1909, la Semana Trágica había dejado heridas políticas y sociales muy abiertas. El miedo a los "sacamantecas" —secuestradores que robaban niños para fines macabros— ya circulaba por el imaginario popular, alimentado por sucesos reales como el crimen de Gádor, ocurrido año y medio antes.
El Raval, entonces asociado a la pobreza, la prostitución y el hacinamiento, se convirtió en el escenario perfecto para la pesadilla. No porque sus vecinos fueran más oscuros que otros, sino porque la pobreza siempre ha sido un territorio cómodo para colocar monstruos.
Enriqueta Martí Ripollés nació en 1868 en Sant Feliu de Llobregat. Se trasladó joven a Barcelona, donde trabajó como niñera antes de dedicarse a la prostitución, tanto en burdeles como en zonas del puerto. Se casó con Joan Pujaló, un pintor con quien mantuvo una relación tormentosa, y más tarde montó una herboristería en la que ejercía como curandera.
Según el relato de la propia Teresita, Enriqueta la engañó con la promesa de unos caramelos, la tomó de la mano y, al ver que la niña quería volver junto a su madre, le echó un lienzo negro sobre la cabeza y se la llevó cubierta de arriba abajo.
Durante dos semanas, Barcelona entera buscó a la niña con una angustia que se mezclaba con la indignación: las autoridades habían sido extremadamente pasivas con la ola de secuestros infantiles, y el caso confirmaba que el miedo popular tenía fundamento. La noche del 17 de febrero, una vecina llamada Claudina Elías miró por casualidad hacia el patio interior de su escalera y vio, a través de la ventana del piso de Enriqueta, a dos niñas jugando. Una de ellas tenía el pelo rapado. Claudina nunca había visto a esa niña. Le preguntó a Enriqueta si era suya. Enriqueta, sin decir palabra, cerró la ventana.
Inquieta, Claudina comentó lo ocurrido a un colchonero de la misma calle, que se lo contó a un guardia municipal, que avisó a su brigada. El 27 de febrero, diez días después, la policía se presentó en el domicilio con la excusa de una denuncia por tener gallinas en el piso —para no alertar a Enriqueta de que la investigaban por el secuestro— y entró a registrar.
Dentro encontraron a Teresita, con la cabeza rapada por culpa de los piojos, no por nada más turbio. La niña dijo una frase que se haría célebre: "Aquí me llaman Felicidad."
También había otra niña, Angelita, que aseguraba ser hija de Enriqueta. No lo era. Angelita era en realidad su sobrina: hija de la cuñada de Enriqueta, a quien esta había asistido en el parto y a la que después mintió diciéndole que el bebé había muerto, quedándose con la niña sin decir nada a nadie.
A partir de ahí, la historia se desbordó. Angelita afirmó haber visto a Enriqueta matar a un niño llamado Pepito sobre la mesa del comedor. En registros posteriores se encontraron ropa con sangre, un cuchillo, huesos, frascos con sangre coagulada y escritos con mensajes que la prensa describió como cifrados. Algunos periódicos hablaron de una supuesta "lista" con iniciales de personas adineradas del paseo de Gràcia y la Rambla de Catalunya, presuntos clientes de remedios fabricados con restos infantiles.
Con esos ingredientes, la prensa bautizó a Enriqueta como la Vampira del Raval, la Vampira de la calle Ponent, la Vampira de Barcelona. El apodo era demasiado bueno para dejarlo escapar. Si algo sabe hacer la prensa sensacionalista es bautizar el horror antes de comprobarlo. Luego ya, si eso, vienen los matices. Qué incómodos, los matices.
Más de un siglo después, el caso sigue siendo incómodo porque no permite una lectura sencilla. Lo único que pudo probarse judicialmente fue el secuestro de Teresita Guitart. La acusación de que asesinó a numerosos niños y fabricó ungüentos con sus cuerpos nunca quedó establecida con pruebas sólidas.
Los huesos hallados en su domicilio resultaron pertenecer a una persona de unos veinticinco años, no a un niño. Como curandera, Enriqueta creía —según la superstición de la época— que tener ciertos tipos de huesos en casa traía suerte. La investigadora Elsa Plaza, autora de Desmontando el caso de la Vampira del Raval, ha sido categórica: lo único cierto es que Enriqueta secuestró a Teresita por motivos que nunca se conocerán del todo; su abogado defendió que sufría un trastorno por no poder ser madre.
Revisiones académicas más recientes, citadas también por RTVE bajo el título "la vampira que no lo fue", confirman que no existen pruebas de los asesinatos múltiples que la leyenda popular le atribuyó.
Esto no convierte a Enriqueta en inocente. Conviene no caer en el péndulo contrario, esa manía tan humana de pasar de "monstruo absoluto" a "víctima pura" como quien cambia de sombrero. El secuestro probado de Teresita ya es un delito grave. La ocultación de Angelita durante años, otro. Pero una cosa es hablar de delitos concretos y otra muy distinta convertir una vida entera en una novela de brujería criminal sin pruebas suficientes.
El verdadero interés del caso está en esa tensión: Enriqueta pudo ser culpable de hechos graves y, al mismo tiempo, víctima de una leyenda completamente desproporcionada. Las dos cosas pueden convivir. La realidad, por desgracia para los titulares, no siempre cabe en una frase de impacto.
Uno de los elementos más persistentes de la leyenda es la supuesta relación de Enriqueta con clientes de la alta sociedad. Según esta versión, secuestraba o explotaba niños para satisfacer deseos o supersticiones de personas acomodadas, conectando la miseria del Raval con los salones de la Barcelona burguesa.
¿Está probado? No de forma concluyente. ¿Resultaba verosímil que existiera explotación infantil en una ciudad de desigualdad tan extrema? Por desgracia, sí: la misma semana del secuestro de Teresita se había descubierto en el Raval un prostíbulo infantil real, con presunta complicidad policial. Lo responsable es decirlo así: la leyenda de los clientes burgueses forma parte del imaginario del caso, pero no debe presentarse como hecho probado sin documentación firme.
Enriqueta Martí murió en la prisión Reina Amàlia el 12 de mayo de 1913, antes de que el caso pudiera cerrarse con un juicio capaz de ordenar pruebas y responsabilidades sobre todas las acusaciones. La versión popular sostuvo durante décadas que había sido asesinada por otras presas, o incluso envenenada para impedir que delatara a sus supuestos clientes adinerados. Las revisiones documentales modernas, sin embargo, confirman que murió de cáncer de útero.
Su muerte cerró su vida, pero no cerró el caso. Al contrario: lo liberó de la obligación de probar nada más. Desde ese momento, la Vampira del Raval pudo crecer sin el estorbo de una sentencia definitiva. Y creció muchísimo: libros, ensayos, novelas, obras de teatro, una serie de televisión y rutas turísticas urbanas han vuelto sobre ella una y otra vez, reforzando el mito en algunos casos y desmontándolo en otros.
En este caso hay que tener mucho cuidado para que Enriqueta no lo ocupe todo. Teresita Guitart fue una víctima real y su secuestro no debe quedar reducido a simple prólogo del mito. También hubo una niña, Angelita, ocultada durante años por su propia tía. Hubo familias pobres, niños expuestos y un barrio que conocía demasiado bien la fragilidad.
La historia funciona porque toca uno de los miedos más antiguos: la desaparición de un niño. Pero también porque muestra cómo la infancia pobre era mucho más vulnerable que la infancia protegida. En una ciudad desigual, algunos niños eran buscados con desesperación por toda la fuerza pública; otros podían desaparecer sin que nadie importante moviera un dedo.
El caso sigue importando porque habla de mecanismos que no han desaparecido. Habla de cómo la prensa puede convertir una acusación en identidad pública para siempre. Habla de cómo una ciudad fabrica monstruos para no mirar sus propias estructuras de miseria. Habla de la facilidad con la que una mujer pobre, enferma y vinculada a la prostitución podía ser presentada como encarnación absoluta del mal.
Porque si todo el mal estaba concentrado en una mujer del Raval, entonces la ciudad podía respirar tranquila. El problema era ella. No la pobreza estructural. No la explotación infantil real que existía en paralelo. No la indiferencia institucional. No la hipocresía de una burguesía que miraba hacia otro lado mientras el barrio bajo ardía lentamente.
Una solución comodísima: meter todos los pecados de una ciudad en una sola mujer y llamarla vampira.
La historia de Enriqueta Martí empezó con una niña desaparecida y una vecina que miró por una ventana. Ese gesto, pequeño y enorme a la vez, salvó a Teresita Guitart y abrió uno de los casos más oscuros de la crónica negra española.
Pero después llegó la maquinaria: los titulares, el apodo, los rumores de sangre, huesos, pócimas y clientes ricos. Llegó la necesidad colectiva de tener una criatura a la que señalar. Enriqueta Martí se convirtió en "la Vampira del Raval", y esa etiqueta fue tan potente que todavía hoy cuesta separar a la mujer real del personaje que fabricó la ciudad.
Quizá fue una secuestradora. Quizá ocultó y explotó a una menor durante años. Quizá cometió delitos que nunca pudieron probarse del todo. Quizá también fue usada como chivo expiatorio por una sociedad que necesitaba concentrar en un solo cuerpo femenino, pobre y marginal todos sus miedos.
Lo seguro es que Teresita existió. El secuestro existió. La pobreza existió. El pánico existió. La prensa existió. Y la leyenda hizo lo que siempre hacen las leyendas: simplificar lo insoportable.
Barcelona no creó a Enriqueta Martí. Pero sí creó a la Vampira.
Y, como tantas veces, el monstruo dijo más de quienes lo inventaron que de la mujer que encerraron en su nombre.